domingo, 25 de octubre de 2026

¿Quieres aprender mejor? Empieza por cuidar tu cerebro

Una de las preguntas que me hacen con frecuencia mis estudiantes es: «Profe, ¿qué puedo hacer para estudiar mejor y recordar lo que aprendo?».

Es una pregunta que me encanta, porque aprender medicina no es sencillo. Hay tantos conceptos, enfermedades, mecanismos fisiopatológicos y tratamientos que, por momentos, uno siente que la memoria no va a alcanzar para todo.

Me gusta dividir este asunto en dos partes. La primera tiene que ver con el cuidado de nuestro cerebro, el órgano que hace posible aprender. La segunda corresponde a las técnicas de estudio que nos ayudan a comprender, recordar y utilizar mejor la información.

Hoy quiero conversar sobre la primera. Más adelante hablaremos de estrategias de aprendizaje y de cómo abordar esos temas de medicina interna que a veces parecen interminables.

Pero antes de preguntarnos cómo estudiar más, vale la pena considerar si estamos cuidando adecuadamente el cerebro con el que pretendemos aprender.

Dormir bien: cuando el cerebro sigue aprendiendo durante el descanso

Imagina que llevas varias horas estudiando fisiología cardiovascular. Has leído, tomado apuntes y comprendido conceptos que antes te parecían difíciles. Al terminar el día, decides trasnochar para aprovechar unas horas adicionales.

Parece una buena estrategia: más horas despierto significan más tiempo para estudiar. ¿Cierto?

No necesariamente.

Cuando aprendemos algo nuevo, nuestro cerebro comienza a formar recuerdos. El hipocampo, una estructura localizada en la región temporal medial, desempeña un papel esencial en la formación de muchos recuerdos declarativos, como aquellos que necesitamos para aprender conceptos y acontecimientos.

Estos recuerdos recientes son relativamente frágiles. Necesitan estabilizarse, fortalecerse e integrarse con otros conocimientos. A ese proceso lo llamamos consolidación de la memoria.

Durante el sueño, especialmente en determinadas fases del sueño no REM, se reactivan patrones de actividad neuronal relacionados con experiencias recientes. Esta reactivación favorece la reorganización de los recuerdos y su integración progresiva en redes de la neocorteza.

En otras palabras, mientras dormimos, el cerebro ayuda a organizar y fortalecer parte de lo que aprendimos durante el día.

Esto no significa que toda la información se transfiera automáticamente del hipocampo a la corteza cerebral, ni que el aprendizaje ocurra exclusivamente durante la noche. La memoria es mucho más compleja, pero sabemos que dormir desempeña un papel importante en su consolidación.

¿Y qué sucede cuando dormimos mal?

La privación de sueño, incluso parcial, puede afectar nuestra capacidad para prestar atención, adquirir información nueva y consolidar lo aprendido. También perjudica algunas funciones ejecutivas, como mantener la concentración, controlar impulsos y tomar decisiones.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 encontró que restringir las horas de sueño produce un deterioro pequeño, pero significativo, en la formación de recuerdos. No hace falta pasar toda la noche despierto para experimentar consecuencias cognitivas.

La pérdida persistente de sueño también puede alterar procesos relacionados con la plasticidad sináptica. Además, se han encontrado asociaciones entre las alteraciones crónicas del sueño y algunas enfermedades neurodegenerativas, aunque esto no demuestra que dormir poco sea, por sí solo, una causa de estas enfermedades.

Mi primera recomendación es sencilla: deja de considerar el sueño como tiempo perdido para estudiar.

Procura dormir entre siete y nueve horas cada noche, mantén horarios relativamente regulares, evita la cafeína cerca de la hora de acostarte y reserva un tiempo para desconectarte de las actividades académicas antes de dormir.

Si tienes un examen, organiza el estudio con anticipación. Una noche completa de sueño probablemente te ayudará más que varias horas adicionales de lectura cuando ya estás agotado.



¿Existen alimentos que nos ayuden a aprender mejor?

Me encantaría decirte que existe un alimento capaz de mejorar extraordinariamente nuestra memoria. Sería fantástico recomendarte una fruta, una bebida o una vitamina que te permitiera recordar todo lo que estudias.

Pero las cosas no funcionan así.

Nuestro cerebro necesita un suministro continuo de energía y nutrientes para funcionar adecuadamente. Sin embargo, consumir determinados alimentos no produce automáticamente una mejoría del aprendizaje.

Sabemos que los patrones de alimentación saludables contribuyen al mantenimiento de la salud cerebral. Algunas intervenciones nutricionales parecen ofrecer beneficios cognitivos, aunque sus efectos suelen ser modestos y los resultados de los estudios no siempre son consistentes.

¿Qué recomiendo entonces?

Prefiere una alimentación variada, con frutas, verduras, leguminosas, cereales integrales, frutos secos y fuentes saludables de proteínas y grasas. No necesitas una dieta exótica ni productos costosos. Alimentos tradicionales como los fríjoles, las lentejas, los huevos, las frutas y las verduras pueden formar parte de una excelente alimentación.

Procura mantener una hidratación adecuada y evita reemplazar comidas completas por bebidas energizantes o grandes cantidades de café durante las jornadas de estudio.

Tampoco te dejes seducir fácilmente por los suplementos que prometen mejorar la memoria. En personas sanas, sin deficiencias nutricionales, no contamos con evidencia suficientemente sólida para recomendar de manera general vitaminas o productos comercializados como potenciadores cognitivos.

Antes de buscar un alimento milagroso para el cerebro, comienza por alimentarte bien.

¿Y qué tiene que ver el ejercicio con el aprendizaje?

Muchísimo.

Con frecuencia, los estudiantes me cuentan que dejaron de hacer ejercicio porque tienen demasiadas cosas por estudiar. Lo comprendo: cuando se acumulan las obligaciones académicas, sentimos que necesitamos dedicar cada minuto disponible a los libros.

Sin embargo, la actividad física no debería verse como una competidora del estudio.

El ejercicio produce adaptaciones cardiovasculares, metabólicas y neurológicas que favorecen la salud cerebral. También se relaciona con mecanismos de plasticidad neuronal y cambios en sistemas de señalización, entre ellos los asociados con el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF).

Una amplia revisión de revisiones sistemáticas, publicada en 2025, encontró que el ejercicio físico mejora, en promedio, la cognición general, la memoria y las funciones ejecutivas, aunque los beneficios varían según las personas y las intervenciones.

¿Qué puedes hacer?

Camina a paso ligero, monta en bicicleta, baila, nada o practica algún deporte que disfrutes. Intenta alcanzar progresivamente entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada e incluye ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.

Si actualmente eres sedentario, empieza con sesiones cortas. Incluso salir a caminar durante un descanso del estudio puede ayudarte a interrumpir tantas horas sentado.

No necesitas convertirte en deportista de alto rendimiento. Mover tu cuerpo también es una manera de cuidar el cerebro con el que estudias.

La motivación: aprender también necesita un propósito

Quiero terminar con una pregunta: ¿por qué estás estudiando medicina?

La motivación influye en nuestra participación en las actividades académicas, nuestra disposición para perseverar y la profundidad con la que abordamos el conocimiento.

No es lo mismo estudiar una enfermedad únicamente para aprobar un examen que hacerlo porque deseas comprender qué le ocurre a una persona que necesita tu ayuda.

Ambas motivaciones pueden coexistir. Aprobar los exámenes también importa. Pero cuando encontramos sentido en lo que hacemos, el aprendizaje puede convertirse en una experiencia más satisfactoria.

La teoría de la autodeterminación propone que la motivación de mejor calidad se favorece cuando experimentamos autonomía, desarrollamos una sensación de competencia y mantenemos vínculos significativos con otras personas.

Intenta relacionar lo que estudias con situaciones clínicas reales. Establece pequeñas metas, reconoce tus progresos y comparte tus dudas con compañeros y profesores. De vez en cuando, recuerda qué te llevó a escoger esta profesión.

Habrá días en los que no tengas muchas ganas de estudiar. No necesitas sentirte inspirado permanentemente. Los hábitos, la organización y el compromiso también nos ayudan a avanzar cuando la motivación disminuye.

Una última reflexión

Aprender medicina exige disciplina, curiosidad y muchas horas de dedicación. No existen fórmulas mágicas para dominar un tema complejo sin esfuerzo. Pero tampoco tenemos que hacer del aprendizaje una experiencia de agotamiento permanente.

Dormir adecuadamente, alimentarnos bien, mantenernos físicamente activos y encontrar sentido en lo que estudiamos son formas de cuidar nuestra salud y crear mejores condiciones para aprender.

En próximas publicaciones conversaremos sobre técnicas de estudio respaldadas por la investigación educativa y estrategias para abordar temas extensos.

Por ahora, quisiera dejarte una pregunta:

¿De qué sirve buscar la mejor técnica de estudio si descuidamos el cerebro que necesitamos para aprender?

Un abrazo,

El Profe Julián


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